La Barquita
SANTO DOMINGO NORTE. La felicidad que exhiben las familias beneficiadas de La Barquita que hoy reciben sus nuevas y confortables viviendas, contrasta y es motivo de esperanza para sus vecinos del otro lado de la ribera del Ozama que durante años siguen pasando igual vicisitudes y amenaza a sus vidas y escasas propiedades cada vez que el río se sale de su cauce.

Alrededor de 500 familias todavía quedan en condiciones de vulnerabilidad, en algunos casos extremas, en la Barquita Norte y en el barrio Los Restauradores al cruzar el río, y que tiene poca visibilidad desde el puente que une a ambos municipios por la cantidad de árboles que los rodea.

Maladys Montero Ramírez, dirigente de la Junta de Vecinos Los Coordinadores, informó que son alrededor de 210 familias las que viven en la ribera que reciben el impacto directo de las aguas del Ozama cada vez que llueve, porque un canal o “brazo del río”, penetra hasta las viviendas y en algunas ocasiones el agua llega hasta los techos de las viviendas.

De hecho, próximo al afluente sólo quedan los pisos de lo que una vez fueron viviendas, porque poco a poco las aguas han alejado la presencia humana.

“Nos estamos organizando un grupo para ir para allá (a la Nueva Barquita) a ver si el Presidente nos toma en cuenta, nosotros llevamos muchos años en esta lucha, primero que los del otro lado del río, y no vamos a dar nuestros brazos a torcer”, advirtió.

En esa parte de la Barquita Norte, el expresidente Leonel Fernández construyó viviendas de dos niveles, pero a decir de los moradores, ni uno solo de los moradores fue beneficiado. “Se los entregaron a gente que no era de aquí, y la mayoría los tienen alquilados”, cuenta una señora que vive a escasos metros del río.

Ana María Nova Ramírez tiene 40 años, y llegó al barrio a los 16 y desde entonces ha visto el Ozama crecer y entrar en su casita de manera hasta taparla por completo.

“Hemos cogido mucha lucha con ese río, yo misma llegue a aquí de 16 años, y tengo 40 años cogiendo lucha yo quisiera que el Gobierno se apiade de nosotros, la casa se inunda, y dura una semana llena de agua, los vecinos son los que nos dan alojamiento, pero ya están cansados”, sostiene.

Máxima Oviedo, es una señora de más de 60 años. Su casucha colinda prácticamente con el río. Cuatro niños de entre 11 y cinco años caminan por el lugar, y cuenta que son sus nietos, hijos de una de sus hijas que tuvo un accidente y “quedó sin memoria”.

Ahora ella tiene que hacerse cargo de los cuatro muchachos que los mantiene vendiendo arepa y con los beneficios de la Tarjeta Solidaridad. Los niños se enferman con frecuencia por el hacinamiento del entorno, los mosquitos, las aguas podridas y la basura.

Pero la situación de Doralisa Montero no es menos calamitosa. Tiene 25 años viviendo a orilla del Ozama, y cuenta que cada vez que ve llover tiene que “recoger los motetes”, y salir para la parte alta. No tiene trabajo, ni su esposo y menos su hijo, por lo que clama por ayuda.

En el otro extremo del puente que une a los municipios Santo Domingo Norte y Este está Manuel Medina, de 74 años, 27 de los cuales tiene en La Barquita Norte, adonde se mudó a su llegada desde Barahona.

Mira con nostalgia la otra orilla del río, y aunque ve todavía las casuchas de sus vecinos, sabe que por lo menos ellos cambiarán de vida a partir de hoy con su traslado al nuevo proyecto en La Javilla.

Su única esperanza está cifrada en la prensa para que le cuente al Presidente la situación en que viven, tan peligrosa e inhumana como los del frente.

Esa situación se replica en el barrio conocido como “La Lata” hasta donde se hizo el censo de la Vieja Barquita, y se derribarán las casuchas una vez trasladen todas las familias.

El sueño hecho realidad

Para las familias que hoy reciben su nuevo techo, la fecha será imborrable como también lo serán los años que vivieron con temor a ser arrastrados por el río.

Rafael Polonio Holguín, dirigente comunitario de la Vieja Barquita, dice que la gente esta contenta para ese “gran día”. Ya muchos están recogiendo los pocos ajuares que tienen para esta misma semana irse a su nuevo hogar. “Esto es algo tan grande que no tengo palabras. Son 37 años, esto es grandioso es felicidad, tranquilidad, uno no encuentra palabras para describir lo que sentimos”, dijo.

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