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Baltimore (Maryland).- El toque de queda para contener el estallido social en Baltimore ha empezado a generar ansiedad tanto en los comercios como en los latinos que trabajan en esta ciudad portuaria, donde ahora un obligatorio recorte de horas equivale a menos ingresos mientras dure la emergencia.

“Acá estamos con mucho miedo, uno se espanta por no saber a qué atenerse. Creo que está bien que hayan mandado a la Guardia Nacional y esperamos que todo vuelva a la normalidad pronto”, dijo a este diario Aurora, una inmigrante mexicana que no quiso dar su apellido porque es indocumentada.Aurora, de 58 años y miembro del Sindicato Internacional de Trabajadores de Servicio (SEIU), trabaja limpiando oficinas en el centro de la ciudad y considera que ha tenido “suerte” porque, debido al toque de queda a partir de las diez de la noche, sus supervisores la han pasado al turno de la mañana.Sin embargo, el toque de queda,  ha afectado severamente a los restaurantes, bares, hoteles y museos que dependen del turismo, porque han tenido que recortar sus horarios y, por lo tanto, el de sus trabajadores, algunos de ellos amigos de Aurora.

La policía, a su vez, ha incurrido mayores gastos para aumentar los patrullajes, sobre todo en la bahía y en el sector Sandtown-Winchester, con la ayuda de la Guardia Nacional.Para Aurora y otros residentes locales, el estallido del lunes pasado en Baltimore, una ciudad donde los negros conforman el 63% de la población, era cuestión de tiempo, y la muerte del afroamericano Freddie Gray fue el detonante perfecto.Es que la narrativa de Baltimore se divide en dos: la ciudad donde la pobreza, la criminalidad y la falta de oportunidades han sido caldo de cultivo para los disturbios y la ciudad donde los ricos no se mezclan con los pobres. Son dos realidades hasta ahora irreconciliables.

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Secuela de daños y pérdidas

Por ahora no hay cifras fiables sobre el impacto económico de los saqueos y disturbios, sobre todo en el centro comercial Mondawmin, que todavía hoy muestra daños considerables.

Pero, sin duda, los disturbios tras la muerte de Gray han tenido un efecto dominó: muchos establecimientos permanecen cerrados mientras continúan las tareas de limpieza y reparación de los daños.La meta de los empresarios es que se levante el toque de queda el viernes próximo, para minimizar la pérdida de salarios y el desangramiento del turismo local.“Yo tengo amistades que no les van a pagar las horas que no trabajen. Estos disturbios y automóviles blindados solo los había visto en televisión en otros lugares… pero creo que ya las cosas se están calmando”, señaló Aurora, quien emigró de Chicago (Illinois) a Baltimore hace siete años por la promesa de mejores trabajos.La comunidad latina en Baltimore, la mayoría inmigrantes mexicanos de bajos recursos, está concentrada en el sureste de la ciudad, en barrios de casas modestas y donde han comenzado a establecer pequeños negocios.En total, los latinos totalizan poco más de 622,793 y  conforman cerca del cinco por ciento de la población, y son desde 2000, la minoría de mayor crecimiento en la zona.

Solidaridad con los afroamericanos

A pocas millas de la bahía, activistas de Casa de Maryland participaron en una vigilia en solidaridad con la comunidad afroamericana recorriendo, con rosas amarillas y mensajes como “Justicia para Freddie!”, varias cuadras desde la calle East Lafayette hasta la Iglesia San Patricio.

Para el próximo viernes, han programado una protesta para exigir un cambio y un cese de la brutalidad policial, que también afecta, aunque en menor cuantía, a los hispanos.“Hemos recibido quejas de latinos que dicen que han sido víctimas de la discriminación racial por parte de la policía. Sienten miedo y creen que si hoy le tocó a un afroamericano mañana le puede pasar a ellos”, explicó a este diario Lydia Walther Rodríguez, organizadora comunitaria de Casa de Maryland.

La activista consideró que a mediano y largo plazo otra meta es forjar mejores relaciones entre los latinos y afroamericanos, por un lado, y disminuir la reinante desconfianza hacia la policía.La brutalidad policial, un fenómeno que se repite en otras zonas urbanas de EEUU, ya le ha costado a Baltimore cerca de seis millones de dólares desde 2011, por concepto de indemnización a presuntas víctimas.Para Walther Rodríguez, el diálogo que propone su grupo debe ventilar el costo oculto del problema: “Si no hay confianza en la policía, la gente no va a denunciar delitos; es un temor real que sienten”.Se prevén más protestas el sábado y el domingo próximos, con una marcha multitudinaria organizada por grupos cívicos, religiosos y sindicalistas.“Ya basta de que nos vean como criminales, que nos traten mal. Si no se corrigen estos problemas en mi ciudad, acá va a haber una revolución”, dijo un taxista afroamericano que no quiso dar su nombre.

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