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Nota del editor: Para escribir esta historia se utilizaron relatos de testigos, compartidos directamente con CNN o con amigos y familiares que después nos los hicieron llegar. También utilizamos información de conferencias de prensa y recogida por CNN en Londres, Hong Kong, Dacca y Atlanta.

(CNN) – En el interior el calor era sofocante. El baño no estaba pensado para alojar a ocho personas. Pero allí estaban, en los servicios del segundo piso de la Panadería Artesanal Holey, invadidos por el miedo, incapaces de respirar.

Horas antes, uno de los hombres armados que habían desatado el infierno en el piso de abajo, se había acercado a la puerta.

“Si eres bengalí, sal de ahí”, gritó. No respondieron.

“Si eres musulmán, sal de ahí”, escucharon. No respondieron.

El atacante, pensando que no había nadie dentro, cerró la puerta. Los que estaban en el interior quizá habrían eludido al atacante, pero pensaron que morirían asfixiados.

Eran las 20:45 horas del viernes (local) cuando siete hombres entraron en la panadería Holey, con bolsas llenas de armas y dispararon indiscriminadamente mientras gritaban “Allahu Akbar” o “Dios es grande”.

Los clientes buscaron refugio debajo de las mesas y sillas. Los empleados correteaban en busca de un lugar seguro.

El restaurante se encuentra en Gulshan, uno de los barrios más ricos de Dacca, a tan solo unos pasos de muchas de las embajadas que conforman el enclave diplomático de la capital de Bangladesh.

Su jardín amurallado ofrece una vista del cercano lago Gulshan y lo convierte en un destino popular para las familias con niños, los expatriados y diplomáticos.

Una reunión y un cumpleaños

A las 8:30 de la tarde, el ritmo había repuntado en el café. Había unos 20 clientes.

Faraaz Hossain se ponía al día con dos amigos, Abinta Kabir y Tarishi Jain. Todos estudiaban en Estados Unidos, pero habían ido a visitar a la familia en Bangladesh o a hacer sus prácticas.

Hasnat Karim había llevado a su familia para celebrar el octavo cumpleaños de su hijo más joven, Rayan.

Makoto Okamura, quien se iba a casar pronto, cenaba con otros seis ciudadanos japoneses.

Simona Monti, con siete meses de embarazo, estaba a punto de regresar a Italia para dar a luz y se estaba despidiendo de unos amigos.

Hasnat y su familia vivirían para ver el amanecer. Los otros no.

Escapar por la azotea

El camarero Diego Rossini se dirigía a la cocina. Cuando inició el tiroteo, huyó escaleras arriba. Varios empleados del restaurante, familiarizados con el diseño del local, corrieron con él.

Saltó a la azotea de un edificio vecino. Se lesionó la columna vertebral y se quedó allí durante horas. Pero se escapó con su vida.

El camarero Shumon Reza saltó también. “Esos pocos segundos, pensé que estaba muerto”, dijo. Pero también sobrevivió.

Un segundo grupo de empleados buscó refugio en el baño. Estaba siendo utilizado temporalmente para almacenar la harina y la levadura, de ahí el calor.

Este fue el grupo encerrado en el interior por uno de los hombres armados.

A medida que avanzaba la noche, lograron arañar pequeñas aberturas en la puerta de madera para que pudiera entrar aire fresco.

“Estamos aquí. Rompan la pared y rescátennos”, pidieron en llamadas telefónicas y mensajes de texto a los propietarios del restaurante y a familiares.

Ellos también sobrevivieron.

Una vida truncada

Alertados por los fuertes ruidos de disparos, dos agentes de policía llegaron al café para investigar.

El detective Rabiul Karim y el oficial a cargo Salauddin Khan murieron de inmediato, por la metralla de la explosión de las bombas.

Musulmanes. No musulmanes.

Dentro del restaurante, los clientes que no pudieron escapar estaban pasando un infierno.

Un miembro del personal, conocido simplemente por su nombre de pila, Miraj, se escondió en una esquina, pero fue descubierto.

“Todo el mundo se escapó, pero tu no pudiste hacerlo”, le dijo uno de los hombres armados. “Eso significa que Dios quiere que mueras”.

Los atacantes llevaron a Miraj al exterior, lo pusieron en una silla y ataron bombas y granadas de gas a su alrededor. Iba a ser su escudo humano.

En un gesto perverso, los atacantes separaron a los musulmanes de los no musulmanes. A los musulmanes se les dio comida y agua. A medida que se acercaba el amanecer, los atacantes ordenaron al resto del personal preparar comida para que los musulmanes pudieran comer antes de comenzar su ayuno de Ramadán.

Para los no musulmanes no fue así.

En la mayoría de los casos, los atacantes los degollaron -y luego publicaron sus fotos en línea en un sitio de medios afiliado a ISIS-.

‘Operación Trueno’

Durante toda la noche, familiares acudieron al lugar, suplicando desesperadamente a la policía para obtener más información.

Pero no había mucho que la policía pudiera ofrecer. Habían tratado de contactar con los hombres armados, pero fueron rechazados, dijeron las autoridades más tarde.

A las 3 de la mañana, el primer ministro de Bangladesh, Sheikh Hasina, convocó a una reunión de funcionarios militares, paramilitares y policiales. Era el momento de usar la fuerza.

Sin embargo, se necesitarían dos horas más para que los comandos pudieran entrar.

A las 5 de la mañana, casi nueve horas después del inicio del ataque, inició la Operación Trueno. Vehículos blindados atravesaron la valla del restaurante. Durante 50 minutos, el aire alrededor de Gulshan fue cortado por fuego de las armas automáticas. Los sonidos eran tan fuertes que las alarmas de los automóviles cercanos sonaban al unísono.

Los atacantes sabían lo que venía. Señalaron los cuerpos en el suelo y dijeron: “Vamos a estar como ellos pronto. Nos vemos todos en el cielo”.

Las 20 víctimas

Cuando todo terminó, seis atacantes yacían muertos. Un séptimo fue capturado vivo.

Los comandos lograron rescatar a 13 rehenes. Pero también encontraron los cuerpos de 20 personas en el piso: Nueve italianos, siete japoneses, uno de la India, dos de Bangladesh y un ciudadano estadounidense de origen bengalí.

Los que sobrevivieron fueron atendidos en un hospital del ejército. Algunos compartieron su historia, pero la mayoría dijo que no quería volver a revivirlo.

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