No se ven bonitas y no se sienten bonitas… Esa especie de basurita pegostosa con la que nos encontramos en las mañanas en nuestros ojos es otro de esos “residuos orgánicos” con los que hemos aprendido a vivir, sin entender demasiado bien para qué sirven.

¿De dónde salen? ¿De qué están hechas? Una mañana me propuse averiguarlo.

En busca de la lagaña perdida

Los ojos de los mamíferos terrestres, sean humanos, perros o elefantes, se encuentran cubiertos por tres capas proyectoras que les permiten cumplir sus funciones.

La capa más cercana al ojo es la glucocálix, y está formada casi completamente de moco.

Se encuentra sobre la córnea y atrae agua, lo cual permite una distribución uniforme de la segunda capa: una solución lagrimal basada en agua de unos cuatro micrómetros (tan grueso como un hilo de una telaraña). A pesar de ese tamaño, esta capa es muy importante porque mantiene nuestros ojos lubricados y los limpia para prevenir infecciones.

Finalmente está la capa más externa, compuesta de una sustancia aceitosa, compuesta de lípidos como ácidos grasos y colesterol.

Las lagañas han evolucionado hasta adaptarse increíblemente al cuerpo de los mamíferos.

A temperatura normal del cuerpo humano, esta sustancia es un aceite claro con fluidez. Si baja un grado, se convierte en algo parecido a una cera blancuzca y sólida, las lagañas.

Temperatura y humedad

Las lagañas se pueden formar mientras duermes por dos razones. La primera, el cuerpo se enfría un poco durante la noche, de modo que parte de la sustancia aceitosa secretada por las glándulas meibomias se endurece un poco.

La segunda, de acuerdo con el oftalmólogo australiano Robert G. Linton y sus colegas, es que “el sueño hace que se relajen los músculos sobre las glándulas meibomias (…) lo suficiente como para generar un exceso de fluidos sobre las raíces de las pestañas durante el sueño”.

En otras palabras, en las noches nuestros ojos están cubiertos de más meibomio de lo acostumbrado, y cuando se enfría, terminamos con esa basura pegajosa en los ojos.

Una persona a la que le están practicando un examen de la vista
Las lagañas ayudan a mantener la humedad del ojo y, en consecuencia, su buena salud.

¿Y qué función cumple?

Lo primero es prevenir que las lágrimas broten continuamente de nuestros ojos y corran por nuestras mejillas todo el tiempo.

Al mantener las lágrimas en nuestros ojos, las lagañas también ayudan a mantenerlos humectados. De hecho, algunos académicos han encontrado que los ojos de los conejos –a los que se les ha extraído la glándula de meibomio– pierden agua por evaporación 17 veces más que la tasa normal.

Las lagañas no son lo único que impide la resequedad en nuestros ojos.

Parpadear también es importante: al hacerlo se exprimen las glándulas meobomias, produciéndose un poco mas de esta sustancia para recubrir el ojo en vez de segregarlo continuamente.

Parpadear también ayuda a mezclar el aceite producido por las glándulas meibomias con el agua de las lágrimas, para formar una emulsión llamada película lagrimal. Si permaneces mucho tiempo sin parpadear, esta sustancia se deshace –el agua y el aceite no se mezclan muy bien- dejando la córnea expuesta al aire.

En el mejor de los casos esto puede ser incómodo, en el peor, puede transformarse en una situación crónica de ojo reseco.

 

El peligro del ojo reseco

El oftalmólogo japonés Eiki Goto describe la condición de ojo reseco como “una deficiencia mayor de lágrimas”, que afecta a millones de personas alrededor del mundo.

Sumado a la resequedad, este desorden en la producción de lágrimas genera fatiga en el ojo, enrojecimiento, irritación y la sensación de que el globo ocular es más pesado que lo normal.

Hombre que se rasca los ojos frente a la computadora
Hoy en día pestañeamos mucho menos de lo que solíamos hacerlo.

A pesar de la molestia y la frustración asociadas con esta condición, y el impacto que esto tiene con la calidad de vida, históricamente no ha sido considerado un desorden visual serio.

No obstante, Goto se muestra en desacuerdo con esta apreciación. Utilizando sofisticadas formas de probar la precisión visual, este oftalmólogo descubrió que los ojos pierden su suavidad cuando este fluido se seca.

Esto hace que aberraciones ópticas se vuelvan más comunes, debido a que la luz es más propensa a esparcirse sobre una superficie áspera, haciendo muy difícil que se forme una imagen precisa en la retina.

Esto pudiera explicar otro de los descubrimientos de Goto: los pacientes con ojos resecos tienden a parpadear casi dos veces más que aquellas personas con lubricación normal. Es posible que hagan eso porque estén tratando inconscientemente de mantener la precisión visual.

No por mucho parpadear…

Uno pudiera pensar que la solución a la condición de ojos resecos sería parpadear tantas veces como sea posible.

Desafortunadamente, es más fácil decirlo que hacerlo en nuestro mundo moderno.

Un ojo cerrado
Un producto de nuestros sueños…

El problema es que muchas de nuestras tareas diarias –manejar, leer, escribir en un teléfono inteligente o trabajar con una computadora- nos inducen a no pestañear. En consecuencia, reducimos la frecuencia de los parpadeos mientras realizamos esas actividades.

Por ejemplo, al manejar a cierta velocidad –especialmente cuando superamos los 100 km/h- el parpadeo es menos frecuente. Para los pacientes que sufren de resequedad en los ojos esto significa que su precisión visual disminuye por debajo del mínimo requerido para tener una licencia de conducir.

En otro estudio de Goto se evidencia que la precisión visual promedio en los pacientes con esta condición es de 0.3, lo cual es menos del 0.7 exigido a los conductores en Japón, y menor al 0.5 requerido para obtener una licencia en Estados Unidos.

“Esto sugiere que la precisión visual en algunos grupos de pacientes no es adecuada para manejar”, escribe Goto.

Es por ello que la próxima vez que despiertes y se encuentre con lagañas en sus ojos, tómate unos segundos para recordar cuán importante es producirlas.

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