Dev Sen quería comprar un sofá para su casa. Cuando empezó a buscar modelos y comparar precios descubrió algo más: algunos de los componentes con los que se hacen los sofás en Estados Unidos son tóxicos y pueden ser nocivos para la salud. “Encontrar un sofá en Estados Unidos que no los tuviera fue una pesadilla“, contó a BBC Mundo.La Universidad Duke (EE.UU.) y el Green Science Policy Institute publicaron un estudio el año pasado para el que analizaron la espuma de 101 sofás comprados en EE.UU. entre 1984 y 2010 y encontraron que el 85% contenía algún químico retardante tóxico.Sofá de arena
Varios estudios han vinculado trastornos hormonales, daños neurológicos y reproductivos, el estar expuestos a estos químicos.La lista incluía TDCPP, incluido como cancerígeno en California en 2011; PentaBDE, prohibido en otros países por su persistencia en el ambiente y Firemaster 550, asociado con la obesidad y la ansiedad en un estudio con animales.

¿Cómo empezó todo?

Sen se interesó por el tema después de escuchar un programa en la radio comentando un artículo sobre “sofás tóxicos”. El artículo mencionaba los PBDEs (éteres difenílicos polibromados) unos químicos utilizados como barrera para proteger sofás, colchones o sillas tapizadas del fuego en caso de que por accidente caiga, por ejemplo, el rescoldo de un cigarro.

Los retardantes han sido utilizados en Estados Unidos desde los años 70 pero varios estudios han vinculado el estar expuesto a estos químicos con trastornos hormonales, daños neurológicos y reproductivos, así como cáncer.Estas partículas pueden desprenderse del producto y moverse por el aire como moléculas de polvo que podemos inhalar o ingerir involuntariamente al llevarnos la mano a la boca.Particularmente los bebés cuando gatean.

Amigos levantan un sofáLos éteres de polibromodifenilos (PBDEs) son sustancias químicas que retardan el fuego y que se agregan a productos de plástico y de espumas para hacer más difícil que se incendien.“Pensé, esto es horrible, están presentes en el sofá, en la cama, y empecé a pensar que paso en la cama unas 8 horas al día, y en el sofá unas 2 o 3, así que casi la mitad del día estoy sentado o tumbado sobre químicos tóxicos“.

Cuando llegó el momento de comprar los muebles de su casa lo tenía claro: “Queríamos comprar una cama que no fuera tóxica y lo mismo con el sofá” pero no fue tarea fácil, cuenta este científico residente en Nueva York.Investigó durante semanas y descubrió que los PBDEs comenzaron a ser sustituidos en 2005, pero por otros químicos igual de cuestionados, como el TDCIPP (también conocido como Tris clorada) una sustancia relacionada con el TDBPP (Tris bromado) que fue prohibido en los pijamas de los niños en 1977, al vincularlo con cáncer en estudios con animales.

Libre de químicos

La búsqueda de Sen continuó pero “en Estados Unidos fue casi imposible, los venden en algunas grandes superficies pero son muy caros, un sofá puede costar entre $6,000 y $7,000 y eso es imposible”.

Niños viendo la televisión sentados en un sofáDebido a que los retardantes se incluyen en la espuma que se emplea para la parte acolchada del sofá, bajo ciertas condiciones pueden desagregarse y entrar al ambiente.“En Europa son más cuidadosos con ese tipo de cosas. No permiten a las fábricas que pongan estos químicos, así que al final tuvimos que traer la cama desde Inglaterra”, cuenta.La Unión Europea prohibió el Penta y OctaBDE en 2004 y posteriormente el DecaBDE de ciertas sustancias peligrosas en aparatos eléctricos y electrónicos. En 2010 incorporó a su legislación las restricciones de la convención de Estocolmo sobre contaminantes orgánicos persistentes respecto al uso de tetra-, penta-, hexa- y hepta-BDEs.Sen se aventuró a comprar el sofa en una tienda en Estados Unidos que les garantizó que estaba libre de componentes químicos pero más tarde se dio cuenta de que no era así.

Uno de los aspectos que más le impresionó es que antes los químicos se rociaban en los sofás pero ahora, en la mayoría, el químico forma parte de la espuma de la parte acolchada, así que está en el interior.La Universidad Duke tiene un programa dentro de su Centro de Investigación Superfund que acepta muestras de la espuma de poliuretano para analizar si su sofá o su colchón contiene retardantes.

Chais longue

No hay una regulación a nivel nacional. El sector se guía por una normativa del estado de California “TB-117?, revisada en 2013, que ahora no obliga a incluir retardantes a los sofás.Sen lamenta que los usuarios desconozcan que están expuestos a estas sustancias y aconseja que pregunten cuando vayan a comprar un sofá o una cama, a veces lo que dice la etiqueta no es lo que parece.

La industria

La asociación que representa a los fabricantes de muebles American Home Furnishings Alliance (AHFA) apunta que aunque hay opiniones diversas sobre la toxicidad de estos productos y todavía se están haciendo estudios, al tiempo que están trabajando para ajustar las etiquetas a las recientes normativas para dar más información al consumidor.

No obstante, al no haber una normativa nacional, “debido a la preocupación de que puedan ser demandados”, en caso de un incendio, “algunos fabricantes seguirán usando espuma tratada (con químicos)”.

“El problema es que es increíblemente difícil evitar estar expuesto a estos retardantes químicos porque están en muchos productos diferentes y porque no hay un etiquetado a nivel nacional”, explica a BBC Mundo Johanna Congleton de la organización Environmental Working Group (EWG). Un estudio de la Universidad Duke reveló que el 85% de los sofás analizados contenía algún químico retardante tóxico.

Mujer leyendo en una butaca

Esta organización recomienda buscar colchones y sofás con tapicería hechos de materiales ecológicos, como algodón o lana, evitar estar en contacto con la espuma si se rompe la tela protectora, aspirar con frecuencia y pasar un trapo húmedo para retirar el polvo.Sen lamenta que “en Estados Unidos no se hacen
estudios a menos que haya un problema, en Europa primero tienes que mostrar que las cosas no son dañinas para poder utilizarlas”, mientras grupos como EWG y Green Science Policy Institutecontinúan realizando estudios y concienciando para que se reduzca el uso de estos químicos.

FUENTE