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Como si Oriente Medio no tuviese ya suficiente tensión, la caustica disputa entre las potencias regionales de Arabia Saudita e Irán ha colapsado repentinamente en una crisis diplomática de primer orden: han rechazado diplomáticos, han cortado relaciones e incluso han saqueado la embajada.

Esto es lo que necesitas saber sobre esta historia, que podría ser noticia importante en los próximos días.

Entonces, ¿qué pasó?

El sábado, Arabia Saudita dijo que había ejecutado al jeque Nimr al-Nimr, un crítico directo de la familia real saudí.

Ahora, el hecho de que el reino de línea dura ejecute personas casi nunca es noticia de primera plana. Pero la muerte de Nimr fue diferente.

Él era un defensor directo de los musulmanes chiítas en la Provincia Oriental de Arabia Saudita, donde los chiítas desde hace mucho tiempo se han quejado de discriminación a manos de la monarquía del país, la cual es sunita.

Desde hace mucho tiempo, Arabia Saudita ha sospechado en relación a que Irán fomenta la disconformidad entre esos chiítas, y el arresto, la detención y el juicio de Nimr entró en juego precisamente en la antigua animosidad entre esos dos poderes regionales.

Entonces, ¿qué pasa con estos dos países?

La situación está arraigada en profundas divisiones entre las ramas sunitas y chiítas del Islam, pero igualmente, tiene mucho que ver con la influencia política y económica.

La división data de 14 siglos atrás, y tiene que ver con disputas en relación a quién debería suceder al profeta islámico Mahoma como el líder de la fe islámica.

El Islam sunita ha pasado a dominar la fe —casi el 90% de los musulmanes del mundo son sunitas—, incluso la rama Wahhabi que se practica en Arabia Saudita.

Sin embargo, en 1979, el Islam chiíta empezó a hacer alardes de fuerza. Los revolucionarios en Irán reemplazaron al gobierno laico del país con una teocracia, y empezaron a dispensar apoyo a la causa chiíta en el Líbano, Iraq, y en otros sitios a lo largo de Oriente Medio.

“La transformación de Irán en una potencia abiertamente chiíta, tras la revolución islámica, indujo a Arabia Saudita a acelerar la propagación del wahhabismo, a la vez que ambos países revivieron una antigua rivalidad sectaria en torno a la verdadera interpretación del Islam”, escribe el Consejo sobre Relaciones Exteriores en una revisión extensa de la disputa sectaria.

¿Cuáles son algunos ejemplos?

Para empezar, Arabia Saudita respaldó al gobierno de Iraq que en ese momento era sunita, en su sangrienta guerra de ocho años contra Irán.

Mientras la guerra se extendía, en 1987, la policía antimotines de Arabia Saudita se enfrentó con peregrinos iraníes en la Meca. Aproximadamente 400 personas murieron… la mayoría de ellos iraníes chiítas, según el Instituto para la Paz de Estados Unidos.

Los manifestantes iraníes atacaron las embajadas de Arabia Saudita y Kuwait. Un diplomático saudita murió.

El líder supremo de Irán, el ayatolá Ruhollah Khomeini declaró que la monarquía saudita era “una banda de herejes”, y con eso, las luces diplomáticas se apagaron durante cuatro años.

La elección de un nuevo presidente iraní dio lugar a vínculos más cercanos, lo que culminó con un acuerdo de seguridad entre los dos países en 2001.

Pero las cosas se desplomaron de nuevo en 2003 cuando la invasión en Iraq, liderada por Estados Unidos, derrocó a Saddam Hussein, desató un poder político chiíta en Iraq que había estado reprimido durante mucho tiempo y condujo a vínculos más estrechos y a una mayor influencia de Irán sobre su vecino.

La preocupación en torno a la influencia recién descubierta de Irán alcanzó un estado de agitación extrema con el movimiento de protestas de la Primavera Árabe, el cual inició en Túnez a finales de 2010. Los disturbios incluso alcanzaron a Arabia Saudita y a su aliado de Bahrein, donde un monarca sunita gobierna una nación que es predominantemente chiíta.

Naturalmente, los sauditas y sus aliados vieron a Irán como una mano oculta detrás del levantamiento, y ayudaron a las autoridades de Bahrein a calmar el levantamiento.

El año pasado, las relaciones se enfriaron aún más con los conflictos sobre las acusaciones en relación a que los guardias sauditas agredieron a peregrinos iraníes en abril y a las muertes de cientos de personas ocurridos en septiembre —entre ellos iraníes— en dos desastres vinculados con la peregrinación islámica anual a la Meca.

¿Qué efecto tiene todo este antagonismo en Oriente Medio y alrededor del mundo?

En resumen, se ha convertido un matriz de guerras de poderes.

En Siria, Irán se ha unido al gobierno de Bachar al Asad en contra de la rebelión de mayoría sunita (respaldada por Arabia Saudita).

En Yemen, donde se dice que los rebeldes hutíes que buscan derrocar al gobierno tienen vínculos con Irán, Arabia Saudita organizó una coalición de estados árabes para bombardear blancos rebeldes.

La lucha regional también se está haciendo presente en lugares como el Líbano, de mayoría chiíta, donde a Arabia Saudita le gustaría contener la influencia de Hezbolá, respaldado por Irán, e Iraq, donde los sunitas que una vez fueron dominantes desde el punto de vista político, ahora se sienten privados de derechos.

¿La situación se verá afectada por aspectos como el acuerdo nuclear con Irán y los precios del petróleo?

En un lugar tan volátil como Oriente Medio, sin duda hay suficientes incentivos para evitar otra intensa guerra en una región donde ya abunda el derramamiento de sangre.

No se descarta el hecho de que las cosas puedan salirse de control, dijo el teniente general retirado Mark Hertling, analista militar de CNN.

“Esto está escalando muy rápidamente”, dijo.

Pero no es inevitable.

En primer lugar, es poco probable que Teherán realmente quiera entrar en guerra con Arabia Saudita, un país bien equipado y respaldado por Estados Unidos y, posiblemente, con sus aliados.

Las fuerzas armadas de Irán se han visto paralizadas por años de sanciones económicas y embargos sobre las armas, dijo el mes pasado Alireza Nader de la Corporación RAND a un subcomité del Congreso.

E incluso con las sanciones relajadas como resultado del acuerdo nuclear del año pasado con las potencias occidentales, es poco probable que la economía de Irán crezca lo suficiente como para darle a Teherán un impulso de poder significativo en la región, dijo. Un conflicto con Arabia Saudita no ayudaría en absoluto a esa situación.

Arabia Saudita tiene sus propios problemas internos que podrían limitar la sed de tomar acciones agresivas.

En primer lugar, el país cada vez más está sintiendo el efecto de los bajos precios del petróleo.

Y aparentemente, también se está librando una batalla en relación a quién sucederá al rey Salman, quien a pesar de haber ascendido a la monarquía el año pasado, podría no ser rey por mucho tiempo.

En septiembre, el periódico The Guardian publicó una carta sin firmar de un príncipe saudita que describía una lucha de poder dentro del reino, al igual que preocupaciones en relación a que “el rey no se encuentra en una condición estable”.

¿Qué es lo que dice el resto del mundo?

En una palabra, cálmense.

China hizo un llamado a que hubiera “diálogo y negociaciones”. Rusia sugirió que las naciones “muestren compostura”. Francia pidió que los poderes “hicieran todo lo posible para prevenir la exacerbación de las tensiones sectarias y religiosas”.

Pakistán, un país de mayoría sunita, condenó el ataque ocurrido el fin de semana contra la embajada saudita en Teherán e instó a que se lograra una “resolución de las diferencias a través de medios pacíficos en el interés mayor de la unidad musulmana”.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, habló con los ministros del Exterior de ambas naciones el domingo, y dijo que la ruptura de las relaciones era “profundamente preocupante”.

“Lo que queremos es ver que las tensiones se reduzcan. Queremos ver que el diálogo se restaure, y queremos ver que la participación diplomática sea restaurada de manera pacífica y sin violencia”, dijo el lunes el vocero del Departamento de Estado, John Kirby.

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