La noticia corrió como la pólvora en las redes sociales y cientos de miles ya lo han visto en YouTube. Le llamaron el DJ Dance Party on the NYC Subway. Me llamó mucho la atención porque creó una nueva perspectiva de lo que tenemos que vivir día día en el metro.

Es que no hacemos nada más que bajar las escaleras del subterráneo y tenemos que convivir con algunas ratitas que, aunque no molestan, nos incomodan. O con el desorden de gente caminando, como si lo último que importara en esta vida es llegar a nuestro destino, sin fijar mirada en los detalles.

Así es como muchos neoyorquinos describimos el suburbano de la ciudad más famosa del mundo que, con más de 656 millas de vías es el más grande del mundo. Pero no todo es malo, no. Como todo en la vida, también hay que admitir sus cositas buenas, como su capacidad para llegar a muchos rincones de la Gran Manzana. Por si no lo sabías, llega a más de 450 estaciones. Hasta el lugar más recóndito de esta bendita ciudad está en ese mapa que ya me costó a mí aprendérmelo cuando llegué aquí. ¿Y qué me dicen de su servicio de 24 horas non-stop?, una auténtica maravilla. ¿Y la frecuencia? De 2 a 5 minutos en hora punto. Así es fácil llegar a todos los “appointments” que tengas. No tienes excusa.

Pero lo que de verdad me molesta, me llama la atención, me incomoda y hasta me entristece del metro no es el metro en sí, son las caras largas de muchos de los que viajan (no me incluyo) en él todos los días. Siento como si anduviera en un lugar, con su entramado de calles subterráneas, sus nombres de calles y sus señales, que más bien despistan, en el que en vez de encontrarme con personas parece que fueran zombis, con un rumbo y un guión en su cabeza del que no pueden salirse: a las 8 en punto en el trabajo, a las 7:30 en la guardería, a las 11- no más tardar- reunión importante de la empresa… Siguiendo las reglas, normas y costumbres de todos los días, perdiendo la noción del tiempo, sin saber si hoy es lunes o miércoles.

Observo que las miradas perdidas e, incluso desalentadas, se entremezclan con el chillido de los trenes que, ante el temor de, ¡Dios mío!, no llegar a la hora, aceleran su paso cual montaña rusa. Esto me recuerda que muchas veces siento pánico, horror y miedo cuando viajo en él. Nadie habla con nadie. Nadie mira a nadie. Es más, evitan el contacto visual. ¿Es que les da vergüenza? ¿Qué comportamiento humano es ése? Quizás un turista despistado alza la voz en ese silencio sepulcral (sólo roto por los chillidos del tren) y pregunta, mapa en mano, cómo llegar a Times Square, al Metropolitan o a saber. No nos importa quién va al lado, no nos importa si alguien necesita ayuda, sólo llegar a nuestro destino antes de la hora prevista.

Y de repente sucede el milagro. El metro deja de ser un lugar oscuro, sucio y frío para ser el lugar donde puede suceder hasta lo inimaginable. Sí, yo le llamo milagro porque se rompe con la monotonía, las caras largas dibujan sonrisas, ya no se escucha el ruido monótono del vaivén de los coches, e incluso observas que la gente es feliz con eso: con música. Una idea brillante y genial que hace levantarse a todo el mundo de su asiento, disfrutar y sentir que no son zombies sino personas con identidad propia.

La idea es muy sencilla: un vagón cualquiera del suburbano que se convierte en discoteca y pista de baile improvisadas con un propósito muy claro: “Today we dance!”. Además, un par de luces de discoteca que se mueven al ritmo endiablado de la ciudad más cosmopolita del mundo, un DJ (¡DJ Dance Party, no olvidemos su nombre!) que hace las delicias de los asistentes/viajeros que escuchan su sesión con incredulidad y sorpresa, unos que entran y se sorprenden, otros que salen de muy buena onda, el público que enloquece desde afuera, y el maestro de ceremonias que anima a todo los viajeros a que por un momento se olviden de los problemas, preocupaciones, responsabilidades, agendas, reuniones y se suelten la melena, y muevan su cuerpo, su espíritu, sus ideas y todo lo que necesiten para “dance” y sentirse “alive” en Nueva York.

En este milagro no importa la edad, la condición, la raza, la vestimenta, dónde vayas, dónde tienes que ir, ahora es el momento de “dance”.  Quizás tu viaje sólo dure 5, 10 ó 15 minutos, pero durante ese tiempo, estoy seguro de ello, has sentido que tu vida ha cambiado, quizás hasta le has dado un impulso a una idea, a una intención o, qué se yo, te has parado a pensar: “La vida es bella”, incluso en la caótica Ciudad de Nueva York. ¡Ah! No olvides saltar al ritmo de la música que inevitablemente entra por tus orejas.

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